Mientras para el cuerpo y la mente la noche y el sueño son sinónimos de descanso y “recargo” de energía, en la piel se inicia un periodo de actividad frenética que tiene como misión principal reparar el daño y el desgaste al que han sometido los factores diurnos. Un “chollo” fisiológico que hay que saber aprovechar.

La noche es para dormir… y, también, para poner la piel a punto. Aportándoles los ingredientes que mejor trabajan “en equipo” con la hiperactividad celular que desencadena en cuanto apagamos la luz de la mesilla de noche y que ayudan a que, por muy castigada que haya estado la epidermis durante el día, se produzca un efecto reparador del estrés, la contaminación, los rayos solares y los cambios de temperatura.

En efecto, coincidiendo con el periodo de sueño, los procesos de reparación celular se activan y ello hace que la piel esté más receptiva a los tratamientos nutritivos y antienvejecimiento. Teniendo en cuenta esto, nada mejor que potenciar esta “cura de belleza” nocturna que las células de la epidermis emprenden de forma natural con los gestos y los cosméticos más adecuados para este momento de la jornada.

LO PRIMERO, LA POSTURA ADECUADA

Antes de iniciar el plan de acción cosmético, hay que tener en cuenta otros aspectos en los que no siempre reparamos a la hora de ir a dormir… y que pueden sabotear esta intensa actividad reparadora. Y uno de los más importante es la postura en la que dormimos. Según un estudio publicado en el Aesthetic Surgery Journal dormir de lado o boca abajo puede fortalecer la aparición de arrugas y, por tanto, acelerar el proceso de envejecimiento. Tal y como explica la doctora Purificación Espallargas, directora de la clínica Dra. Espallargas, “entre los 35 y los 45 años aparecen las primeras ‘arrugas del sueño’, que tienen un origen y unas características distintas a las de otros tipos de marcas de expresión”. La experta comenta que predisponen a la aparición de este tipo de arrugas. “Son una respuesta de nuestra piel a la presión y torsión durante un mínimo de 6-8 horas todos los días, contra la almohada o el colchón.

A partir de los 35 años, según la genética y el estilo de vida (exposición al sol, deporte excesivo, estrés, etc) por un lado, aumenta la oxidación y, por otro, van disminuyendo progresivamente el colágeno y el ácido hialurónico, lo que conlleva en una reducción del grosor cutáneo. Todo ellos favorece que se formen todo tipo de pliegues, entre otros signos de envejecimiento que, con el tiempo, van empeorando. En el caso de los pliegues del sueño, la repetición diaria de este gesto se suma a la disminución del grosor de la piel y a la reducción de la elasticidad.

Además, una presión continua ocasiona una falta de oxigenación, incrementando la pérdida de elasticidad. ¿Cómo diferenciar estas arrugas de las diurnas? Purificación Espallargas señala que unas y otras no tienen nada que ver: “La arrugas de expresión se desarrollan de forma diferente, ya que son consecuencia de movimientos repetitivos (sonreír, fruncir el ceño o los labios, arrugar la frente); pueden tener diferentes direcciones y ni siquiera aparecen en las mismas zonas, sino que se sitúan en patas de gallo, ceño, frente o zona peribucal; mientras que las del sueño suelen ser verticales y aparecer en cualquier área y en el caso del escote, se caracterizan por tener forma de abanico, por el gesto de dormir de lado uniendo los brazos”. Teniendo e cuenta todo esto, la postura adecuada para no “arrugarse” durmiendo es la siguiente: “Siempre boca arriba, evitando girar la cabeza de lado. Un truco es usar dos cojines, uno a cada lado. El mejor tejido es microtraspirable, como el algodón”, dice la doctora. A ello hay que unir el uso de cosméticos que contengan ácido hialurónico, ácido retinoico y antioxidantes.

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